• Web premiada con el Premio Internacional OX

Anel Uribe, Chihuahua. 1981.

Narradora.

 

Formación académica:

  • Licenciada en Administración, Instituto Tecnológico de Chihuahua.

Formación y experiencia artística:

  • Participación en el taller de narrativa "Ray Bradbury", coordinado por Jorge Guerrero de la Torre. Chih. 2015 a la fecha. 
  • Participación en el ciclo de lecturas de ciencia ficción y fantasía. Centro Cultural Bicentenario "Carlos Montemayor". Chih. 2016.   
  • Participación en la 1a Jornada Literaria dentro del Festival Internacional de la Ciudad de Chihuahua. Instituto de Cultura del Municipio en colaboración con el Centro Cultural Universitario "Quinta Gameros". 2016.                                                    
  • Participación en el Taller de Creación Literaria coordinado por Reneé Acosta. Chih. 2018 a la fecha.                                       
  • Curso el Diplomado online de Literatura Europea Contemporánea. Sría. de Cultura de Chihuahua en colaboración con la Coordinación Nacional de Literatura del INBAL. 2018 - 2019.

Obra publicada:

  • Forma parte de la antología "Quivirenses: 15 visiones de la ciencia ficción y fantasía chihuahuense". Editorial "Los hijos del gato cuántico". Chih. 2016.
  • Sus cuentos fueron publicados en la revista digital "La piraña", No. 2. CDMX. 2016.

 

Muestra de obra:

 

Una sirena y su peculiar petición

Desde aquí puedo verte muy bien. Aquí el agua es más calma que la de afuera.

Recargada sobre esta gran roca, contemplo la respuesta a mi oración. Sólo tendré que aplicar la última porción contenida en la palma de mi mano derecha y estará el trabajo terminado, ¡y mira qué esplendidez!

No solamente lucen mis cabellos con tanta belleza, sino también me regalaron un traje lindísimo, que ajusta tan bien que hasta parece que todo el tiempo hubieran pensando en mí al hacerlo. Y el agua es deliciosa, curiosamente no tengo problemas para respirar estando rodeada de ella. La única sensación que me genera es alegría y bienestar. Así que no pude haber elegido mejor. Quizá la única duda que me queda es cuándo me sacarán de este contenedor. No es que la esté pasando mal. Solo quisiera poder presumir mi gran proeza, y no nada más en este curioso aparador. No me dijeron cuándo me sacarían de aquí, sólo que habrá algunos cambios al pedir un beneficio individual en vez de colectivo, pero bueno… Habiendo obtenido de la Serpiente lo que tanto soñé, ¿qué podría salir mal?

Aferrado a ti

Hay una razón por la que no muestra sus piernas. Se aferra fuertemente a la izquierda, y de cuando en cuando encaja un poco más la lanceta central en su pantorrilla resbalosa. Le ha llegado a tener estima, casi cariño. Otros lo vieran denotarían espanto, ella solo se acostumbra a su elección. Es una situación compleja, pues no sólo es suficiente el líquido que le extrae diariamente sino que además hay días que tiene más hambre y entonces hay que alimentarle con otra cosa, como no se despega hay que hacer toda una serie de maniobras ingeniosas para apartarle la boca ligera y delicadamente, introducirle el bocadillo y esperar a que éste solo cierre la boca, luego todo vuelve a la “normalidad”. Lo tiene ahí hace relativamente poco, y hay días que ni lo siente, pero hay otros en los que se acuerda de haber elegido mal, intenta desprenderlo y vuelve a llorar. No la dejará jamás. Entonces el líquido se torna espeso, y lo ve fluir ahí, negro; el odio fluye despacio y solo termina por alimentarlo y hacerlo crecer más. Entonces toma un respiro, lo acaricia y camina con un poco más de peso que hace años. Le encaja sus patas, le succiona la vida y le recuerda que serán compañeros por tanto tiempo que es posible que un día ya no grite en el silencio de rabia y de arrepentimiento y termine por resignarse a oírse sola, a caminar despacio, y a aferrarse a mejores cosas. Mientras tanto, hay una buena razón por la que no muestra…

Al ojo que sabe obsevar

Es a fuerza de observación y reflexión que uno encuentra un camino.

Claude Monet

 

Disminuí la velocidad para detener mi camioneta, el semáforo había cambiado a

rojo. Un rojo alertador, inconfundible entre la oscuridad que sabe bien cuándo esfumarse,

o cuando hacer su acto de presencia, con la precisión de aquellos relojes que todos

conocemos ni un minuto antes, ni un minuto después. Pues bien, hablando de tiempo yo

disponía de alguno por esa breve pausa reglamentaria, así que me recargué cómodamente

en mi asiento, relajé la espalda, eché los hombros hacia atrás, destensé las manos y las dejé

caer suavemente sobre el volante, giré la cabeza y exhalé despacio, mientras veía qué tanto

podía averiguar de lo que pasaba allá afuera. Mera curiosidad, siempre me ha gustado

observar. Y fue así como, entre toda esa oscuridad difuminada en tanta luz artificial, que

todas esas siluetas y bultos transeúntes súbitamente tuvieron rostro y semblante muy bien

definido; expresiones de ajetreo, cansancio o alivio por estar en el último trayecto de

regreso a casa. Curioso. Esos desconocidos y yo ya teníamos sentimientos en común.

En ese descubrimiento estaba mientras el semáforo cambiaba a la otra tonalidad más

verde y permisiva cuando pude distinguir a una joven de aspecto discreto, casi

imperceptible, excepto por el artefacto que sostenía firmemente entre sus manos. Tal

timidez contrastaba con la osadía de pararse en medio del tráfico nocturno para tomar

fotografías. Ella ya tenía mi atención.

1Estaba sobre una banqueta grisácea semicircular, cubierta de miles de esos

diminutos fragmentos cristalinos que tiene el concreto. Era como si estuviera poniéndose a

salvo del mar de rugientes vehículos automotores, refugiada en una pequeñísima isla

semidesierta, cohabitada únicamente por un muchacho tragafuego, un vendedor de rosas

azules y ella, por supuesto, con su cámara.

Su determinación era casi estoica, y su precisión cual la de un cazador

imperturbable, lanzando disparo tras disparo, de cuando en cuando revisando que el

resultado fuera el esperado.

Dejé de observarla y volteé para descubrir qué pudiera estar retratando con tanta

dedicación. No pude evitarlo. Fue demasiada curiosidad.

Entonces, yo también lo vi. Apenas un atisbo, pero lo vi.

Verde esmeralda. El semáforo cambió. Empecé a avanzar, pero alcancé a ver que la

muchacha también se iba. La sonrisa la delató. Había tenido éxito en su búsqueda.

Esa joven sin proponérselo me dejó el indicio de algo que tendría que aprender a

hacer muy mío, si quería volverlo a ver. Algo parecido a lo que le sucede a los mineros,

que no se rinden hasta llegar a lo más profundo de la tierra por el preciado metal.

La belleza como el oro también se oculta, en las profundidades de todo lo que

vemos, esperando a que la encuentren. No se revela fácilmente, sino solamente al ojo, al

ojo que sabe observar.

Horror

De mármol pulido y frío, amplio y sin resquebrajaduras que pudieran provocar tropiezos. Completamente liso y pulcro. Sandalias. Pies suaves, graciosos, medianos. Una falda poco ajustada. Piernas delgadas, torso firme. En el pecho mucho calor y en el cuello una gargantilla. Sonrisa fresca, matinal y en los ojos una claridad reflejante del sol de mediodía. Pasos rápidos hacia allá, pasos casi deslizantes hacia el hierro forjado del barandal y una sensación de calor. Demasiado calor. De tanto sudor corriendo por el cuello, se le resbala la gargantilla. Sigue caminando. El calor comienza a provocarle mucha comezón y la gargantilla dejó de importarle cuando vio la baranda; los pasos son menos largos, ahora rápidos, vigorosos, veloces. Finalmente corre. Su corazón definitiva-mente esta agitado, pero no tanto como sus sienes de tanto imaginar. Se deja frenar sólo por el barandal y súbitamente deja de sentir calor.

 El cráneo del bebé se partió. Sólo su alma quedó intacta.

Un gran árbol

Cada tarde se disponía a esperar con gusto su muerte, pero esta siempre era impuntual. Se quedaba mirando largamente las frondosas ramas: verdes, robustas, duras, secas... de su piel. Sí, de su piel.

Las uñas de los pies comenzaron a crecer desmesuradamente desde niño, y entre más las cortaba su madre, más crecían. hasta el punto de volverse duras y transformarse en ramas.

Entonces, un buen día, llegó el tiempo de podar el árbol.